El día en que cerramos con CAN la primera ronda de abiquo, tuve que volverme corriendo a Barcelona. Tenía reunión con un oncólogo que intentaba explicarme, sin conocerme para saber que nunca he creído que haya nada imposible, que el porcentaje de supervivencia a 6 meses de ciertas metástasis en estadio IV es cero. Aquella noche yo intentaba convencer a mi padre de que con la inversión de CAN, todo empezaba a rodar para que en breve me pudiese permitir darle una jubilación mejor que la del padre de Julio Iglesias ;-)
Meses más tarde mi padre soltó amarras, y se fue de viaje a un lugar donde los clientes pagan a fecha de vencimiento sin necesidad de perseguirles, y tiene el suficiente tiempo libre como para irse a pescar cuando le apetece. Y yo me quedé durante meses sentado en una silla mirando al techo.
Fue por entonces cuando nuestros bisneseingels “sugirieron la posibilidad” “de que tal vez sería oportuno” incorporar a la empresa “un perfil más senior”… “pero no para sustituir sino para complementar”. Y así apareció Helena en la historia de abiquo. Creyendo que tras gestionar una empresa de millones de euros de facturación y decenas de empleados conflictivos, lo nuestro iba a ser sencillo… Craso error ;-)
Helena entró con mal pie. Se plantó en nuestros GeekQuarters con sus guantes de piel, su bolso que no podía tocar el suelo y el portátil metido en un maletín de lujo francés. Y su primera idea fue sentarse conmigo durante un par de semanas delante del excel y el pauerpoint. La segunda, encargar una blackberry. Agua y aceite.
Así que gracias a ella yo dejé de mirar el techo, y empecé a concentrarme en echarla. O más bien en que se fuese corriendo por sí sola. Empezó una guerra entre ambos, que recordarla ahora me hace morirme de vergüenza, pero que en aquella época parecía tener sentido: visión contra gestión. O mejor dicho, gilipolleces contra gestión. No había idea suya en la cual yo no le diese la razón, y momentos más tarde me dedicase a desactivarla. Ella me hablaba de planificar, de tener todo atado legalmente, de salir a vender… y yo sentía aquello como una amenaza contra nuestro status innovador. Un falso status sustentado en reducir gastos al mínimo, levantar rondas para sobrevivir y no para crecer, y salir a vender algo de vez en cuando.
Recuerdo que un día me hizo quedarme hasta última hora para reunirnos a solas. Y allí me hizo darme cuenta, de que un servidor estaba hundiendo la empresa. Obviamente yo no era consciente, pero ella tenía razón. Cambiar el roadmap cada 2 días, pedir continuamente prototipos de pajas mentales, priorizar desarrollo sobre ventas, no saber gestionar las expectativas de los empleados… Ella tenía razón. Y me fui a vivir a SiliconValley, mitad para dejarle hacer sin entrometerme, mitad para convencerme de que todavía era posible crear grandes empresas a base de pura visión. Bullshit.
Cuando volví, empezamos a reconciliarnos. Ella en mi ausencia había puesto su cara para recibir hostiazos que debían haber caído en la mía. Además, nuestra única opción era levantar una ronda de financiación, y la única forma de conseguirlo era trabajar juntos. Por si no fuera poco, se ofreció a compartir solidariamente la responsabilidad sobre las deudas de la empresa (unos cuantos cientos de miles de euros en aquel momento). Todo un lujo inmerecido por mi parte.
Meses más tarde, en una tarde fría y lluviosa, durante unos minutos estuvimos muertos. Nos quedamos sin posibilidad de salvar la empresa. Y la miré a ella, y estaba muchísimo más aterrorizada que yo. Y me pregunté cuantos emprendedores matarían por tener a alguien así… que luchó por nosotros sin que nada fuese suyo, y le preocupaba más cerrar que a los propios fundadores. Y empecé a morirme de vergüenza allí mismo. Y a buscarle una solución a aquello, no por mí ni por la empresa, sino por ella y su ilusión. Y la encontramos… Y el resto de la historia ya la conocéis. En este punto actual, lo que ella diga yo lo firmo, y viceversa (creo).
Cuento todo esto, porque hace un par de días me acerqué a Barcelona para hablar con ella y pedirle consejo. Sí… l’enfant terrible que la había machacado durante meses, se acercaba humildemente a ella a enseñarle sus planes y sus excels esperando una opinión. Hoy por hoy, pocas opiniones hay de gestión que respete más que la suya. Supongo que es porque, a excepción de mi mujer, nadie ha tenido tanta paciencia conmigo para reconducirme por el buen camino. Y además, creo que ha conseguido hacer de mí un gestor bastante notable. Dicho con humildad ;-)
Así que escrito queda. En mi opinión, los éxitos de abiquo no se deben tanto ni a mi visión, ni al conocimiento de Diego, ni al desarrollo de Xavi. Si algún dia llegamos lejos, recordad que hubiese sido imposible sin el buen hacer de Helena.
PD: También se habló el otro día de crear un fondo de inversión para startups, con una visión y una forma de organizarse tan poco habitual, que hasta podría tener sentido. Se acercan aventuras interesantes :-)