Monthly Archives January 2008

Hace muchos años, en un pequeño pueblo cercano a Logroño, una niña de 11 años decidió crear su propia empresa. Harta de jugar con un Quimicefa heredado, que a duras penas conseguía aumentar con instrumentos de segunda mano obtenidos de la empresa familiar, pensó que podría fabricar productos mejorando las fórmulas de un viejo libro de química. Lo vendería, y con lo que ganase se iría montando su propio laboratorio. De este modo, la buhardilla de su casa se convirtió en la sede social de “Laboratorios Marty’s”.

No tardó mucho en darse cuenta de que necesitaba dinero para comprar los primeros activos, por lo que emitió participaciones sociales que vendía a 100 pesetas a familiares y compañeras de clase. Estas participaciones (realizadas en Publisher e impresas a todo color) ofrecían unos dividendos garantizados y la posibilidad de visitar la sede social para observar in-situ como se realizaban los productos.

El primero de ellos fue una crema de manos anti-picaduras. Su demanda pasó sin pena ni gloria en las veladas familiares, por lo que se vió obligada a obtener ingresos extrafuncionales (principalmente pirateando CD’s de Mónica Naranjo) mientras mejoraba la fórmula de un nuevo producto: sales de baño. Con el flujo de caja de caja generado pudo invertir en crear el producto más exitoso de la compañía: bombas fétidas. El exceso de demanda de las bombas, le forzó a mudarse a una sede nueva en el garaje de casa.

La compañía crecía (cada vez más personas estaban interesadas en comprar participaciones a 100 pesetas) hasta el punto de hacerla inmanejable. En una época en la que las comunicaciones on-line eran casi inexistentes, la tarea de imprimir las cuentas anuales, ensobrarlas y enviarlas a los accionistas era lenta y aburrida. Por lo que decidió liquidar la empresa. Tres años después de haberse creado, “Laboratorios Marty’s” cerraba sus puertas ofreciendo unos suculentos beneficios a todos los inversores y llevándose ella 14 12.000 pesetas de beneficio. 14 12.000 pesetas que fueron invertiras en la compra de un disc-man.

Años más tarde, se matricularía en una escuela de negocios. Allí se unió a la junior-empresa, en la que un barbudo adicto a los golpes de estado internos que ahorraba para montar una empresa de computación distribuida, intentaba convencer al mundo de que la consultoría debía ser un servicio artesanal y que la principal ocupación de un jefe era generar entusiasmo. Le debieron gustar las ideas, porque entre ambos formaron un tándem (ella trabajaba y él se llevaba el mérito) que en un año llevó a esa junior-empresa de la cuasi-mendicidad a beneficios de muchos ceros.

Un buen día, pensaron que si servían para reflotar empresas también podrían compartir su vida. Él (ultraliberal y pragmático), no ve sentido a firmar contratos bajo la supervisión del estado u organizaciones religiosas. A pesar de ello, ha aceptado casarse (con corbata y por la iglesia) el año que viene.

Y colorín, colorado… aquí queda anunciado 😛

PD: Marta, suma esto como regalo de Reyes 😀

[UPDATE:] Me futuro cuñado me hace llegar uno de los últimos vestigios de tan próspera empresa. Todo un ejemplo del branding casero 😉

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