(Dudaba desde hacía días sobre la conveniencia de escribir este post. David de Ugarte cree que soy activista , así que me he decidido [fama obliga :P]. Y de paso potencio un poco mi marca propia , que últimamente soy vergonzosamente neutral.)

Las últimas reuniones con nuestros business angels quedaron bloqueadas en el mismo punto: partidas presupuestarias destinadas a salarios. Ellos quieren planificar la tesorería de los próximos meses, y yo creo que es imposible hacerlo. Ya sabéis: cada uno acabará fijándose su salario, así que hemos de aprender a surfear en esta incertidumbre.

Para intentar ser comprendido, les regalé a cada uno una copia de “Radical “, advirtiéndoles de que no nos reuniríamos hasta que lo hubiesen leído. Creo que ninguno lo acabó. Cierto es que tampoco lo acabaron de entender: uno me llamó preocupado por mis ideas comunistas a la hora de dirigir empresas.

¿Comunista yo? :-0 Si sólo me falta rezarle a Ayn Rand el discurso de John Galt todas las noches (el chiste es para objetivistas no randianos :P).

Así que, esta es la historia de cómo me vacunaron contra el comunismo:

De pequeño, mis ratos de ocio estaban repartidos de la siguiente manera: lectura, lectura y lectura. A excepción de las interminables partidas de monopoly con mi primo los sábados por la tarde. Supongo que ya entonces era un perfecto asocial, por lo que mi madre decidió apuntarme a un “esplai” para intentar remediar la situación.

Para aquellos que no viváis en el “oasis catalán”, toca definir lo que es un “esplai”: un centro de entretenimiento infantil. Los sábados por la tarde se queda para jugar en grupo o hacer manualidades, y una vez al mes se sale de excursión. Algo parecido a los boy scouts, supongo. Aquí, en Polonia, tenemos principalmente 2 tipos para escoger: el independentista-católico y el independentista a secas. A mí me tocó el segundo.

Así que ahí me dejaron un sábado por la tarde. Por mi bien, supongo. Me chocó lo de ver senyeres mal dibujadas . También que no me entendiesen si hablaba en castellano. Bendita ingenuidad la mía.

Un domingo al mes tocaba excursión a algún recóndito y “significativo” lugar de un país que no aparecía en los mapas políticos que compraba a 10 pesetas. Lo habitual era salir con sólo un bocadillo y una cantimplora en la mochila. Pero ese día el viaje debía ser más largo de lo habitual, por lo que mi madre me metió además un botellín de cacaolat y un paquete de galletas príncipe . Han pasado casi 20 años, y lo recuerdo como si fuese ayer.

Estábamos sentados en el tren. Abrí mi mochila y saqué mi cacaolat y mis galletas. Al momento, uno de los monitores dijo que las tenía que compartir con todos. Que los demás también tenían derecho a tener galletas. Yo me preguntaba qué había de especial en unas simples galletas. El único motivo por el que yo las tenía, era simplemente porque me las habían guardado. Supongo que en mi casa se habían acostumbrado a mis ganas de encontrar el equilibro racional del universo a base de “por qué”s, pero en aquel vagón, un simple “¿por qué?” debió sonarles a prepotencia neocapitalista ostentosa. Tras una vaga respuesta se encadenó otro. Y otro. Y otro más. Todos contra uno. Uno que valoraba su dignidad en exactamente el precio de un paquete de galletas.

Así que el tema se resolvió rápido: 2 valientes gudaris en forma de monitores, le arrebataron un paquete de galletas a un crío al que le cuatriplicaban la edad. El paquete se repartió equitativamente (no daba para tresporcientos), y finalmente le tocó media galleta. Media galleta que comió rojo de humillación.

Así que no. Ni de casualidad. Llevo años vacunado contra el comunismo. Nuestro modelo organizativo puede ser cualquier cosa menos comunista.

Volvemos a las comparaciones de siempre: las diferencias entre SEMCO y la 20th Century Motors son tan abismales, que creo que es perder el tiempo seguir hablando del tema por n-ésima vez.